Acere, que fula se pone el puro

Lenguaje en CubaPor: Yisel Reyes Laffita
“Oye chama eso fue conmigo, porque yo si soy tremendo presidiario y descargo pa tra” le gritó en un ómnibus público, el chofer a un joven que entre un grupo de estudiantes se coló en la guagua, y el cual al parecer le dijo una palabrota al conductor que no alcancé a escuchar.
Pero sea lo que sea que el muchacho le pudo profesar al hombre, y a pesar de que se quiere imponer el modelo de “que la juventud está pérdida”, esas palabras, aunque ya cotidianas, no dejan de ser vulgares y callejeras.
Y no es que me moleste del todo, porque nos hemos acostumbrado de tal manera a utilizar en el lenguaje cotidiano algunas palabrejas y expresiones indefinibles, que aplicadas de manera totalmente impensada pero bastante precisa, y en el momento que nos parece más adecuado, son bien entendidas.
Pero de usarlas como una jerga común e ingenua a “soltarlas” en cualquier esquina o lugar, va mucho, hay quien las dice “tan fresco como una lechuga”, como si fueran chistes o las últimas inclusiones en el Diccionario de la Real Academia.
Y ciertamente aunque ya la RAE admite léxicos como espanglish, inculturación, papamóvil, SMS, e incluso “Acojonamiento”, o como decimos los cubanos “encabronamiento”, creo que Cervantes debe estar revolcándose en su tumba cada vez que un “cubaniche” “suelta” una.
En nuestro país se oye mucho “Asere”, “Monina”, “Que bolá”. Así como otras que se usan en el lenguaje callejero. Algunas las conozco de toda la vida, pero otras van de lo sublime a… todos saben donde.
En la actualidad las madres no son madres, ahora son “puras” y un muchacho no es inteligente, más bien está “bola‘o”,”sopla‘o” o “escapa ‘o. Hoy los amigos son “socios” y “consortes”, y las mujeres “jevitas”, un carro es un “ladrillo” o una “bala”… Ya nadie facilita un encuentro amoroso, sino “pone una piedra”, y no se bebe una cerveza: “se echa una birra”.
Generalmente somos los jóvenes quienes cultivamos la jerga marginal, porque, erróneamente, pensamos que nos hace más “modernos” o tememos ser rechazados por un grupo social determinado. A veces, no comprendemos que con nuestra actitud dificultamos la comunicación entre los seres humanos.
Sin embargo, las cuasi palabras inexorablemente no cambian con el correr de los tiempos y las generaciones, y se trasmiten de padres a hijos de tal forma que no se quedan al pasar los 30 años, sino que como el conductor de la guagua nos ¨coje¨ la tercera edad en esa inculturación.
Expresarse de forma correcta no significa decir metáforas, ni locuciones “cultas” en todo momento. En reuniones informales, entre amigos, se admiten ciertas frases, sin vulgaridad permanente, porque realmente a veces ni siquiera nos damos cuenta que las usamos.
Y si alguna vez fuese decretada su prohibición, sería para nosotros un buen castigo, pues pasaríamos mucho trabajo para expresar determinadas impresiones, emociones y pasiones con las cuales a diario solemos confrontarnos. Pero ahí radica el verdadero encanto, en saber cómo hablar según el lugar y las circunstancias.
El idioma forma parte de la identidad personal y de los pueblos. Ese privilegio nos confiere gran responsabilidad, la cual debemos asumir seguros de su trascendencia. Tenemos que fomentar el buen hablar para evitar que vocablos soeces se arraiguen.

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