Reír, para no llorar

Por Yisel Reyes Laffita

Después de dos funciones del grupo habanero La Oveja negra, que hizo reír a todo el público presente en el Teatro Guaso de esta ciudad, el espectáculo se vio empañado en su tercera presentación, el pasado domingo, por defectos técnicos en la locación e irrespeto al orden de algunos concurrentes.

Ese día, la dirección del centro no tenía cómo prever que el aire acondicionado fuera a tener dificultades, por lo que, como está establecido, una hora antes del show, se encendió todo el mecanismo eléctrico para alistar el local.

Sin embargo, tres apagones consecutivos dispararon el breaker y entorpecieron lo planificado. Para no suspender la función, la dirección del Teatro decidió mantener la programación, pero sin utilizar los equipos que refrescan el ambiente ni la luz escena, ambos altos consumidores de electricidad responsables de los cortes… Y ahí, comenzó el problema.

Si bien es sabido que el “salvajismo” no se justifica, también es cierto que hay circunstancias que conllevan a él: afuera del Teatro cerca de 700 personas se aglomeraban cada vez más, algunos un poco deportivos, otros más elegantes (blusas y camisas de mangas largas, zapatos altos…), una papeleta en manos con un costo de 10 pesos, el reloj andando y ninguna explicación.

Cuando ya el espectáculo tenía un retraso de 10 minutos, Alba Babastro Noris, presidenta provincial de las Artes Escénicas, comunicó la decisión de comenzar con la dificultad antes mencionada o reintegrar el dinero al día siguiente a quienes no estuvieran dispuestos a aceptar esta alternativa.

Al abrir las puertas del recinto la indisciplina que se enseñoreó del lugar provocó  atropello a niños, mayores, trabajadores del sector… Muchos le pasaban por encima a los otros, mostrando falta de humanidad y de educación, de desconocimiento de las normas de comportamiento social, y eso daba más ganas de llorar que de reír. Al mismo tiempo, la gritería, las palabras groseras y la no entrega del ticket hicieron del local un antro de incultura, ausente de toda civilización.

Aunque esta situación se da muy a menudo, no debía pasar ni “sin querer”, ya que es una muestra fehaciente de la pérdida de valores en la sociedad, que además de lacerar la espiritualidad de los guantanameros, casi siempre, termina causando  daños a la propiedad colectiva que el Estado pone a disposición del pueblo.

En conciertos, funciones artísticas, mientras se espera un ómnibus, se aguarda la hora para entrar a cualquier local…, es casi “normal” ver disturbios similares a estos, pero ojo, que sean frecuentes no significa que estén bien. Por el contrario, al mal hay que cortarle el paso antes de que sea mayor.

Informar a tiempo lo que sucede o suspender la función hubiesen sido decisiones más atinadas, en especial para el Teatro, donde no es primera vez que ocurre algo parecido. Hace unos años tuvieron que reponer el vidrio de una puerta a causa de la indisciplina social, y la del pasado día 27 pudo ser la próxima, pues los cristales crujieron como pidiendo permiso para una nueva inversión.

Es cierto que una vez adentro la “cosa” se calmó y el show de La Oveja negra, durante una hora, aplacó los ánimos exacerbados de los espectadores, pero el calor sofocante, el murmullo y la incomodidad nuevamente restaron calidad a un espectáculo que, en principios, debía confortar a la gente.

De incidentes como este deben sacarse las mejores experiencias. Los directivos pensar bien y actuar con rapidez, siempre tomando las providencias más convenientes para todos: una retirada a tiempo no es una derrota. El público debe estar consciente de que existen complicaciones imprevisibles a las que hay que encontrar soluciones alternativas, que no siempre resultan del agrado de la mayoría.

Pero sea cual fuere la situación no da derecho a maltratar, ofender, comportarse incorrectamente…, por el contrario exige más disciplina, paciencia, educación y la cultura que en momentos como esos debe prevalecer.

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