No hay peor tortura

Violada, torturada, apedreada, quemada, ahorcada, desmembrada y lo peor de todo: No tenía la más mínima idea de cual de estas u otras formas de muerte había finalizado la vida de Anacaona.

Todas esas ideas y más pasaron por mi mente al instante que un habanero preguntó en público: ustedes que viven en Guantánamo: ¿Saben como murió Anacaona?

En principio no entendí el por qué se asociaba a la princesa indígena, heroína de Haití, con la más oriental de las provincias cubanas, porque lo último que supe es que administrativamente todavía pertenecemos a la mayor de las Antillas, pero ese no era el punto, sino el hecho de oírla nombrar un millar de veces y no tener la más mínima idea, de cómo había muerto.

Historia real

Anacaona nació en la isla La Española (1464 – 1504), en la actualidad, Haití, su nombre significaba en la lengua de los indígenas “Flor de oro”, y gobernó el Cacigazgo de Juragua tras la muerte de su hermano Bohechío.

Según la historia era una mujer de singular belleza y generoso carácter, los escritores contemporáneos alaban su dignidad e incomparables gracias.

Cultivó con acierto la poesía y fue autora de muchos de los romances históricos conocidos con el nombre de areitos, que los indígenas cantaban en sus danzas populares, porque la fama de su belleza llenaba toda la isla, y por igual la celebraban indígenas y españoles.

Sus compatriotas la adoraban y ejercía sobre ellos un extraño dominio, aun estando su hermano en vida. Se necesitaron graves y repetidas ofensas para que Anacaona cambiase sus sentimientos hacia los españoles.

Ella los consideraba seres sobrenaturales, y no dejaba de comprender cuan absurdo e impolítico era pretender resistirles.

Pero después de varios desacuerdos entre su familia y algunos españoles cusado por la belleza de su hija Higuamota, ya para el año 1503, en el cual reinaba Anacaona, no conservaba ya hacia los españoles las simpatías de otros tiempos, pues comprobó que los extranjeros habían causado la miseria del país.

Fue entonces cuando apareció Nicolás de Ovando, gobernador y administrador colonial de La Española, desde 1502 hasta 1509, al que alguien hizo ver que los indios de Jaragua conspiraban para expulsar a los españoles.

Por lo que este decide tomar acciones para “domesticar” a los indios y fraguó una de las peores matanzas que se hayan registrado en la historia del descubrimiento.

Así que marchó sin perdida de tiempo a la hermosa provincia occidental, llevando consigo 300 infantes con espadas, ballestas y arcabuces, 70 jinetes con lanza, escudos y corazas, viaje que ocultó tras la visita a su amiga la cacique Anacaona y arreglar el pago del tributo, la princesa india al recibir la noticia, reunió en la más importante de sus ciudades a todos sus caciques inferiores y súbditos principales, para disponer de un recibimiento suntuoso.

Al llegar Nicolás de Ovando con su “reducido” ejército, Anacaona vino a buscarlo y no desmintió en esta ocasión la fama que la atribuía sin igual gracia y divinidad. Alojó a Ovando en la mejor casa de la ciudad, y a los soldados en las casa inmediatas, obsequió a todos sus huéspedes con los frutos que pródiga daba allí la naturaleza y se repitieron por orden suya muchas veces los bailes, juegos y cantos nacionales.

Sin embargo Ovando creía que todos estos agasajos tenían un sólo objeto: alejar de los españoles la sospecha de una traición, para caer sobre ellos cuando estuvieran descuidados y sacrificarlos, se ignora que razones hubieron para ellos.

Puede creerse que se debiera este recelo a las mentiras y calumnias de los miserables aventureros que había en la provincia, pero debieron haber reflexionado que los desnudos indios no de habrían de permitir lanzar el reto a unas tropas vestidas y armadas a la europea y tácticas muy superiores a las de los indígenas.

Por desgracia, sus instintos pocos humanos le impulsaron a obrar en la sospecha como en la convicción, y preparó un criminal recurso que hiciera abortar la supuesta conjuración de los indios. Fingió corresponder a los obsequios de los naturales, organizando un banquete con el fin de celebrar su posesión como gobernador y para esto invitó a Anacaona y a 80 jefes más.

La fiesta de los invasores se fijo para un domingo por la tarde, debiendo celebrarse en la plaza de la cuidad, frente a la casa de Nicolás de Ovando. El jefe español comunicó a infantes y jinetes las correspondientes instrucciones, para que estos asistieran al juego, no con picadas despuntadas ni cañas, sino bien armados. Llegado el día la hora anunciada, se juntaron numerosa cantidad de indios en la plaza atraídos por la novedad del espectáculo.

Entonces Nicolás de Ovando suspendió el juego y se colocó en un sitio desde donde pudiera verle bien a sus soldados, hasta que, juzgando el momento oportuno, hizo la señal convenida.

Cercaron la casa en la que se hallaba Anacaona y los otros caciques, de los que no escapó ni uno solo penetrando los soldados después en la casa, fueron atando a las vigas que sustentaban el techo a los desdichados prisioneros, llevándose a la ilustre Anacaona, se aplicaron crueles tormentos a los demás caciques, logrando por este medio bárbaro que el dolor se arranca a algunos la declaración, a todas luces falsas, de haber entrado con su reina en la soñada conspiración.

Cuando los españoles creyeron haber conseguido bastantes declaraciones para dejar probada la conjura, sin entrar en nuevas investigaciones, incendiaron la casa con todos los caciques en su interior perecieron abrasados por el fuego.

Las víctimas causadas en la multitud por las caballerías, debieron de ser muchas, entre los sobrevivientes de este atropello se encontraban la pequeña Princesa Taino Guarocuya, quién posteriormente fue entregada a Fray Bartolomé de las Casas para que velara por ella, Higuamota, la hija de Anacaona, Mencia la nieta de Anacaona y el líder Tribal Hatuey, quién posteriormente escapó a Cuba. Anacaona cargada de cadenas, fue llevada a Santo Domingo.

Pero, nada de esto fue suficiente, Ovando, quién no quedo contento con la aniquilación, se percató que faltaba Anacaona por ser asesinada y sometiéndosele a un proceso, en el que no hubo mas pruebas que las declaraciones prestadas en el tormento por sus súbditos, ni otros testigos más que los españoles la condenó a muerte y fue ahorcada en 1504, a la vista de todo el pueblo a quien tanto había amado y protegido.

Versión de la Historia

Anacoana, tenía una hija muy bella de la cual un soldado español se enamoró, y ella de este, pero el jefe del soldado también, y como casi siempre pasa con los jefes y el abuso de poder, este mandó al soldado lejos para pretender a la hija de Anacona, y al no ser correspondido formuló una serie de mentiras que dieron paso a la tragedia.

Paradójicamente, la hija de Anacoana no murió, pero curiosamente los hombres siempre causan el problema aunque sea Eva la de la manzana de la discordia

Pero volviendo al tema, ciertamente el hecho de la consanguineidad de Hatuey, a quien todos los cubanos conocemos como si hubiéramos vivido en esa época, con la princesa indígena, no patentiza el teorema de que por transitividad deba conocer la vida de ella, pero el hecho de ser mujer, y haber confiado en el “mejoramiento humano” de los hombres, nos obliga a saber más de historia, porque no hay peor tortura que el desconocimiento.

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2 comentarios el “No hay peor tortura

  1. oye ya no me acuerdo bien del comenatrio anterior, pero estoy seguro que te iba agustar por ahora solo te digo que Tubal estaba un poco desorientado, pero gracias a ;el tu hiciste este trabajo, y ahora ya todos sabemos bien como fueron las cosas. Graciasssssss. Y claro por que era mujer, si tuvieras una foto de ella en hilo sería mucho mejor, pero bueno.

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